los lunes


Durante el año pasado, todos los lunes traje a mi hija y a dos de sus amigas a almorzar a casa. Son doce cuadras desde el colegio: no es tanto y no hay colectivo que las recorra de un modo que nos funcione, así que caminamos.

Ellas salían siempre en medio de alguna charla crucial y simplemente empezaban a andar al lado mío sin mirarme. Al principio yo intentaba las preguntas de rigor, pero de la más elegante de las tres cosechaba apenas una sonrisa; jamás, de ninguna, una respuesta. Desistí. Quedó claro que desde la perspectiva infantil, el adulto es un coso que hace que puedas seguir con tu vida.

Me dediqué a escuchar entonces. Aunque sucedía cada tanto, y cada vez sucedió más, que la información no era para mí. Más bien: era importante que yo no me enterara. Empezaron a cuchichear, a demorarse, a hablarse al oído. Yo las dejaba hacer.

La conversación que traían desde la escuela podía durar todo el viaje y también todo el almuerzo. Yo interrumpía para la obviedad: sáquense las camperas, lávense las manos. Nunca me dieron bola. Prácticamente les sacaba las camperas y las estacionaba al lado de la canilla abierta del baño. Después les servía la comida. Y ellas me dejaban hacer: se sabe que los adultos son un artefacto que te corta la milanesa para que puedas seguir buscando piojos en la cabeza de tu amiga.


Instalación infantil: espuma y barcos de papel en la pileta del baño.


Pero hubo en esas secuencias de los lunes un momento distinto. Fugaz. En la caminata, cada vez que se demoraban para chusmear, yo llegaba a la esquina unos segundos antes que ellas y hacía un movimiento sin darme cuenta. Un movimiento como haría alguien en una carrera de postas: miraba hacia adelante pero extendía los brazos hacia atrás con las palmas para arriba. Las esperaba.

Y el tacto de esas manos sobre las mías, justo antes de cruzar la calle, era un segundo de asombro para mí. No es que no supiera que iban a llegar, si para eso estaban ahí mis manos, pero igual me emocionaba algo en ese encuentro.

Tal vez sea un sistema de relevos después de todo. Porque hay una confianza que se entrega a ese que mira por vos el semáforo, los autos. Que te lleva al lugar donde vas y no a otro lado mientras estás abducido en tu conversación. Que te saca o te pone la campera de acuerdo a unas convenciones climáticas que a vos no te importan nada, pero qué alivio.

Tal vez un adulto sea también eso: una suerte de chasqui que intenta estar a la altura de toda la confianza que recibe, y un poco puede, y un poco falla, y un poco se emociona.



3 comentarios:

Yaelfran dijo...

Hermoso!!

Mariní Acuña dijo...

Que bella manera de contar la vida!

Clau dijo...

Precioso. Qué suerte que Pogorelsky recomendó leerte !

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