milonga en el ex Olimpo


Otra vez
digamos
que esto es la vida,
que estas son las sonrisas,
que este es el desamparo.
Digamos
otra vez
que estos somos nosotros,
porque olvidarlo
sería recomenzar
una senda largamente
aborrecida.

Susana Thénon (poema del 6-11-58)



Una silla de plástico afuera del salón, llovió desde la mañana y ahora la tarde cae mansa. Yo miro el pasto mojado y espero. A que se me aquiete el cuerpo, a que se me ordene algo adentro, no sé bien qué. Este es el desamparo. Todavía no puedo bailar.

La que fue la casa de mis abuelos queda acá a unas cuadras, soy casi del barrio. Pasé muchas veces por la vereda del ex Olimpo pero nunca había entrado antes.

Una persona se acerca, me dice “qué fuerte todo, ¿no?” y yo digo que sí, que qué emoción. Sin agregar más me abraza. Después se va. Baila. Algo de la convivencia entre el horror y lo que vive y pulsa y disfruta, en esa zona anda el misterio de esta tarde.

Porque hoy esto es una milonga. Y un ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio. Las dos cosas. Una de las organizadoras me cuenta: “no todos están de acuerdo con que se baile acá”. Entiendo el punto. Cada uno de mis músculos lo entiende, y sin embargo.





El tango es una danza de improvisación. Y como hay que improvisar de a dos y sin hablar, hay que estar disponible con el cuerpo. El desafío no es la técnica, no son las figuras: es estar decididamente ahí, con otro, durante esos minutos. Con otro y con la música. Para los que no bailan, muchas veces el imaginario del tango es el de la sensualidad, pero en verdad esa conexión entre dos se arma cada vez con un matiz propio. Puede tener el modo de la seducción, sí, pero también el del compañerismo, el de la complicidad, el del juego. A mí bailar me da alegría.

Pienso en cuerpos violentados de tantas formas. Hasta la muerte. Pienso en cuerpos que ejercieron la crueldad, no tengo palabras que se asomen ahí. Y después pienso en esta tarde: en la posibilidad de preguntarle al otro, con el cuerpo, dónde está y adónde quiere ir, cómo es el modo del baile que podemos inventar juntos.

Son tiempos de música difícil. De qué manera vamos a construir una memoria que no sea pura cáscara si no es en la experiencia, en lo que hoy late y vive. En el cuerpo. Una memoria que sea lazo,  vínculo para preguntarle al otro eso mismo: dónde anda y adónde quiere ir, y si eso podemos inventarlo juntos.


Entonces bailo y bailar es distinto que otras veces. Es un asunto largo y ancho en el tiempo, gana una intensidad que en otros lugares, en otras tardes, no tuvo para mí. La primera tanda la bailo con Daniel, de Parque Chacabuco. “Cuánta gente, ¿no? Se puso lindo. Es como que hay mucha vida acá”, dice Daniel. Y yo pienso que sí, que estos somos nosotros, que entra mucha gente en un abrazo de dos.




Las fotos son gentileza de Quini Tomi: gracias. 

Para chusmear:


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