mentholyptus

“Una vez que se fue, cada recuerdo se volvió precioso,
hasta los malos (…). Se volvió un lujo estar irritada.”

Lydia Davis, Ni puedo ni quiero


Nos habíamos peleado al mediodía no sé por qué. Después del postre nos subimos al auto, los dos en el asiento de atrás. Él empezó a cabecear, un poco por el cansancio, un poco por el calor. Se quedó dormido. Yo rumiaba mi furia al costado, lo miraba dormir desentendido de todo y sentía que la bronca me burbujeaba en las manos.

Los domingos se almorzaba fideos en lo de la abuela Lina. Cerca de la una empezábamos a caer y para las dos de la tarde, el lugar era un gallinero alegre de primos y tíos: mucho ruido, mucho vino, en una casa chorizo con patio andaluz, que desentonaba con la evidente tanada de la parentela pero qué bonito era.

Los grandes se enfrascaban en conversaciones que no entendíamos. Las batallas de los chicos: por el triciclo, por quién empezó, por los tirones de pelos, quedaban libradas a nuestra suerte. Alguna de esas habrá sido la que nos enojó a Pablo y a mí. Y es que es más fácil pelearse con el propio hermano que con los primos, que serán familia pero tienen un grado más en el medidor de ajenidad y, por lo tanto, de deferencia. Son cosas que se saben, incluso si una tiene seis años en total, y pocos dientes.

Por lo demás, pelearnos era lo que Pablo y yo mejor hacíamos. Él me mordía, me pellizcaba, venía corriendo desde lejos y se me colgaba del pelo hasta que yo me caía al piso, y un largo etcétera. Yo lo hostigaba con esa cosa desgraciada que es la superioridad moral de los hermanos mayores, pero las piñas me dolían igual.

Después del almuerzo nos metimos en el auto a los gritos, todavía peleándonos. Mi viejo arrancó y unas cuadras después, Pablo se quedó dormido. Yo le pedí a mi papá uno de sus caramelos: un mentholyptus. En general no me daban, me decían que picaban mucho y me ofrecían sugus a cambio, pero debo haber estado insistente porque esa vez me dieron. Cuando lo terminé, agarré el celofán y lo puse con decisión sobre la nariz de Pablo. 

Nos habían prevenido mil veces sobre el asunto del plástico en la cabeza, y aunque eso no era una bolsa, mi hermano era chico: la escala daba bien. Me sentí valiente. Me dispuse a esperar hasta el final.

Mi asesinato le molestó el sueño, se ve, porque me pegó un patadón. Así resolvía las cosas él incluso cuando estaba dormido, y le funcionaba, hay que decirlo. El homicidio quedó en intento, crecimos, los años nos fueron dando otras formas de pelearnos, todas igual de torpes. Y aprendimos a acompañarnos un poco. Como pudimos, como hacen los hermanos.

De esas cosas me acuerdo en estos días.

Pablo está muerto ahora, de una muerte más tradicional, más definitiva también. Septiembre viene y sigue y trae cada año esa fecha y justo detrás, todo lo que vive en la primavera. Entonces a mí me burbujean unas ganas locas de pelearme con él o de abrazarlo, que tantas veces fueron dos nombres del mismo precario modo de quererse.


9 comentarios:

Laura dijo...

Ay de abrazo, de septiembre que parece ser un mes muy propicio para hacerse flor, y de palabras envolventes que llevan, uff, adonde quieren llegar.

solsilvestre dijo...

Uff... ¿Cuándo, dónde,por qué? No sabía que habías perdido un hermano, Flor. Tus textos siempre me conmueven, pero este más. Te mando un abrazo largo y muy sentido.

DJ S.Vago dijo...

<3

Germán dijo...

Ay...

Germán dijo...

Ay...

ileana dijo...

Hay meses que traen recuerdos intensos. Que bueno que las emociones se hayan transformado en tan precioso homenaje.
Abrazo apretadito, de esos que intentan calentar el alma

Daniela Gattari dijo...

Altísimo burbujeo. Te quiero.

sandra siemens dijo...

Te abrazo, Flor.

Jime Ardini dijo...

Hermoso y conmovedor, el mejor intento de homicidio que leí en mi vida <3
Lo leí el día del cumple de mi viejo, un loco con el que aprendimos a pelearnos hasta que también se fue de una forma más definitiva...

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