las primas


      Es viernes, son las ocho de la noche, estamos en Constitución. La estación es un vértigo. Mi hija me agarra fuerte y me secretea: "Mami, tengo la sensación de que algo va a salir muy mal". Yo me digo que sus palabras son un modo de nombrar lo extraño, lo abrumador de ese sitio que no conoce, y casi me convenzo, pero por las dudas la agarro fuerte yo también y dedico una energía considerable a conjurar el derrape mental materno (DMM: si no está codificado, debería).

      Mis primas tienen una cierta afición por mudarse. Al principio lo hacían con criterio, pero últimamente han terminado en los lugares más improbables. Por eso nos encuentra la noche del viernes subiendo a un tren que nos llevará a Tornquist. Que no es de los trenes nuevos, no, pero tiene su encanto. Los asientos son azules: se reclinan como y cuando les parece, con una autonomía que encuentro muy digna.

      Comportarse como lo haría un viajero sentado en un tren, del lado de la ventanilla, que describiera cómo cambia el paisaje ante su vista: es la regla fundamental del psicoanálisis, la de la asociación libre. Y a mí, que nunca pienso en esta imagen a la hora de hablar en análisis, me resulta una asociación inevitable cada vez que me subo a un tren. Soy de neurosis retobada. Además el vidrio es grueso, está sucio, y la noche es ya muy noche. No se ve un pomo. A las ocho de la mañana, alguien grita "Torquiiii", y yo me alegro de haber llegado y del oportuno alivio de consonantes. Respeto el modo en que cada quien se nombra a sí mismo, también las ciudades. Torqui it is.



      Mis primas son lo más. La del sur viene de Río Negro con sus tres hijos, la de Torqui tiene una nena que estoy conociendo en este viaje, mi hermana y yo vinimos con mi hija. Es decir: la casa se vuelve en minutos un revuelo de pibes y entonces todos los hijos son un poco de todas. Y todas las palabras también, y estamos otra vez en donde lo dejamos. Cuando salgo a hacer una compra, casi espero encontrarme con el paisaje de Chacarita al palo, como cuando nos reuníamos hace años en la casa de Charlone y las nenas éramos nosotras. Entonces pienso que lo familiar no es lo cotidiano, no necesariamente.

      También está el asunto de la taza. Rompo una cantidad considerable de cosas por año. En general, esos episodios producen un poco de sorpresa en el entorno, algún grito, en fin, las narrativas del accidente. En Torqui, rompo una taza con mucha eficiencia, y nadie levanta la cabeza. Incluso me corto un poco un dedo, y me acercan curitas con total naturalidad. Siguen con sus cosas. Fluye la sangre, fluye la vida, fluye. Comparto eso con mi hermana y con mis primas: unas formas de tropezarnos con las cosas que ya nadie discute.

      La vuelta es en micro. Mientras esperamos en la terminal de Bahía, me encuentro inesperadamente con un colega querido. En medio de esas sensaciones siempre un poco erráticas, casi como fuera de foco que producen las terminales, verlo es una alegría. Hace una semana hablábamos de él con una amiga y decíamos "tiene algo familiar", esa fue exactamente la palabra que usamos y aplica, porque lo familiar no es la familia, claro. No siempre.

      Cuando nos acomodamos en el micro, mi hija me dice: "No te duermas, mami, que puedo necesitarte en un rato". Dos minutos después se queda frita. Pero me da un no sé qué que abra un ojo y me encuentre dormida. Entonces, para no dormirme, escribo.

1 comentario:

Pato Sanchez dijo...

ahh pero que lindooooo...me gusta tanto leerte!! las palabras de Cata son lo mas...y las tuyas ni te cuento!!

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