veranito de San Juan


Cada invierno me miro en el espejo y estoy segura de que me volví vieja. No es un reclamo sobre la edad ni sobre la belleza, es más bien algo sobre el color. Pienso: este es el año en que esa tonalidad verdosa y deslucida se queda para siempre conmigo.

Me pasa todos los años, y aunque ya lo sepa, en ese instante de certeza soy incapaz de rercordarme la primavera.

Ahora estoy en el Parque Rivadavia. En sandalias. Hay una señora que se abanica, hay cinco chicos trepando el ombú con los cachetes rojos al punto de la explosión. Los vestiditos de las nenas son una fiesta y lo son, sobre todo, porque la semana que viene hará otra vez diez grados y habrá que volver mansitos al pulóver y a las botas. Pero el invierno tiene los días contados y lo sabe: esa es la magia de agosto.

Muchas veces, rodeada de otros que también prefieren el calor, participé de la conversación obligada: qué bueno sería vivir en el Caribe, etcétera. Y yo digo que sí, que qué bueno sería. Pero en el fondo prefiero esta ciudad con cuatro estaciones que me dan la posibilidad de volverme definitivamente vieja en el invierno, y asombrarme cada vez que se asoma, recién nacida, la primavera.


1 comentario:

Mirita dijo...

rena/florecer, eso! :)

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